Excerpt for El Imperio en la Sombra: Tania Borealis by , available in its entirety at Smashwords

El imperio en la sombra

Tania Borealis


Fernando Beamud


Smashwords Edition

Copyright © 2017 Fernando Beamud Pascual

Primera edición electrónica


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Este libro se lo dedico a Luis, porque está entre ellos

Como siempre a Mari Carmen, Fer y Sandra

TANIA BOREALIS


Es la estrella lambda de La Osa Mayor. Su nombre deriva el árabe Al Kafzah al Thaniyah, “el segundo paso” o “la segunda primavera”. Está situada en la segunda pata de la Osa, en la garra.

índice



1. El pueblo

2. La capital

3. La decisión

4. El mensaje

5. El viaje

6. El enigma eterno

7. Sin destino

8. Primeros pasos

9. La pensión

10. El enterrador

11. Un segundo antes

12. El junco flexible

13. La misiva

14. El delicado equilibrio interior

15. Profetas

16. La lucha eterna

17. La falacia del taumaturgo

18. Nadie sabe nada

19. El sátrapa frívolo

20. La espina de hielo

21. El frenético contacto

22. La lucha en las sentinas

23. La piedra angular

24. La luz

25. El callejón sin salida

26. La presencia ineludible

27. La muerte no duda

28. Sin noticias

29. Cita al atardecer

30. Días de triunfo y fracaso

31. Memento mori (recuerda que vas a morir)

32. Lo tangible es más efímero; lo intangible es eterno

33. Sin opciones

34. El último reducto

35. El destino no es solo un camino

36. Huida hacia delante

37. El relevo necesario

38. Hacia el búnker

39. El círculo que se cierra

40. El sello del poder

41. El ciclo del amanecer


Jesús dijo:


He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! ¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división.

Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.


Lucas 12.49

1

El pueblo



La noche había caído en picado sobre la urbe como un águila sobre su presa; mientras las luces artificiales tomaban el relevo de la solar. La ciudad iba perdiendo su habitual actividad frenética para pasar a la hora de la retirada. A esa hora en que las gentes vuelven a sus hogares tras un jornada laboral, en ese momento en que los habitantes nocturnos empiezan a deambular en busca de una satisfacción temporal, tras la quimera de la felicidad a corto plazo, tan furiosa y delirante como la del día anterior.

El paisaje es como el de cualquier ciudad del mundo a esas horas. Da igual cual sea el credo, la mentalidad política o la organización social. Las ciudades son seres vivientes, independientes, fruto de la mente y el hacer de sus habitantes; pero todas siguen un esquema vital, genético que las une, aunque se yergan a muchos kilómetros de distancia.

El tráfico rodado, otro monstruo urbano de corazón insensible, engulle bajo sus ruidos y luces a todo cuanto discurra a su alrededor. El aire está impregnado de una mezcla poderosa y alienante de derivados del petróleo, fritangas callejeras, vestigios florales y sudores humanos.

De repente, un disparo atraviesa el corazón de un acto multitudinario. Nadie se percata de su origen, pero todos ven su destino. Entonces el hombre mediático, un líder carismático, cae abatido y agoniza sin comprender la razón que le arrebata su vida, sin poder calibrar el porqué de ese odio que ha alimentado sin desearlo y contra el que ya nada puede hacer.

Todo el mundo se horroriza y chilla. La multitud corre enfebrecida, huyendo sin saber bien hacia donde encaminar sus pasos. Sus guardaespaldas comparten su mirada profesional entre la ayuda inútil hacia su protegido y el origen del disparo. El mundo se ha acabado para una persona pública. El mundo se detiene por instante; pero, en realidad, el universo sigue su camino, como debe de ser y así ha sido siempre.


Tania se despertó de un sobresalto, sudando copiosamente, nerviosa. Había sido una pesadilla; pero tan real que parecía que su cuerpo había estado junto a aquella persona asesinada hasta el mismo momento en que la bala acabó con su vida. No era la primera vez que sufría pesadillas similares. Todas diferentes; pero todas intensas como si ella se arrobara un papel protagonista, un rol de observadora privilegiada, invisible; pero cercano.

¿Cuánto tiempo hacía que sufría aquel tipo de alucinaciones? – Se preguntó, sabiendo perfectamente la respuesta. Lo sabía; pero no quería reconocerlo. ¡Cuántas veces aquellos malos sueños opresivos eran el preludio de un hecho real! ¡Cuántas veces había comprobado cuán verdaderas resultaban ser sus sensaciones oníricas! ¿Por qué? ¿Qué significaba aquello? ¿Podía hacer algo para evitarlo? ¿Eran simplemente confusiones de su mente a las que luego aplicaba algún hecho verídico?

Se levantó lentamente y se dirigió a la ventana abierta de su dormitorio. Una pesada bruma cubría su horizonte habitual: un pedazo de tierra cubierto de árboles heridos por la sequía sobre una superficie agostada y marchita. Era su hogar; pero deseaba fervientemente despertarse un día en otro lugar más alegre, más lleno de vida. Su universo se avejentaba sin que aflorara en ella un impulso de búsqueda. En aquellos momentos, se sentía cobarde. Le faltaba el suficiente valor para partir siguiendo la estela de un paraíso, de un territorio donde ser más feliz y poderse sentir realizada.

La agobiaba pensarlo. Temía abandonar lo poco que tenía en pos de una quimera, para volver, poco tiempo después, derrotada y consciente de que, tras aquel campo mustio y estéril, no había nada que mereciera la pena. Y lo peor era que sabía que allí nada iba a cambiar, porque su propia mente generaba el pobre paisaje. Su callejón sin salida – como ella lo denominaba – seguiría estando mientras no fuera de cambiar su propia mentalidad.

Aún restaban unas cuantas horas para retornar a su rutina diaria, el trabajo en la escuela, a la charla anodina con sus compañeras, a la comida mediocre, a la enseñanza vulgar e insignificante, a ese dejar pasar los años de una vida cobarde, viendo como la cara se va surcando de arrugas, las mismas que emponzoñan el corazón.

Muchas veces se escudaba en una razón histórica, que no era sino la misma que la excusa genética. Eso le habían dejado sus padres y eso seguiría siendo igual por los siglos de los siglos. El pueblo era su prisión, una cárcel sin rejas que es la peor, porque es invisible; pero amarra más que las de verdad. Sus costumbres eran sus ataduras a las que se había ido ligando en su infancia y en su juventud. Apenas ya recordaba los años que vivió en la capital. Eran como un espejismo sobre el que se dibujaban los pocos momentos en que había creído ser feliz.

¿Cuántas veces se había imaginado a sí misma partiendo de aquel lugar como un descubridor, como un viajero impenitente? Sin embargo, su mente le hacía volver al redil, incluso antes de haber iniciado el primer paso, incluso antes de haber hecho la maleta. Se repetía una y mil veces aquello de que aquel día iba a ser diferente y que, tal vez, empezaría una nueva vida. Pero todo era una mentira, una falacia generada por su mente y manipulada por el entorno. Al final, regresaba por el mismo camino y se refugiaba en la casa familiar que ya no era sino un despojo, acaso un esqueleto desnudo de lo que fuera muchos años antes.

Pero ¿acaso no todos los habitantes del pueblo vivían en la misma prisión? ¿Por qué todos permanecían en él, año tras año, con las únicas noticias que aportaba la prensa, la televisión, el cotilleo de vecinas o el corrillo de sus compañeras? La rutina se había adueñado de su vida, enseñoreándose sobre todas sus actividades y carcomiendo el poco espíritu de aventura , de cambio, ya adormecido o casi agónico.

Tenía treinta y cinco años que pesaban como una losa. Parecía que sólo habían pasado unos días desde cuando acabó la carrera, unas pocas semanas desde que corría, con sus amigas, en el patio del colegio, en el que ahora impartía sus asignaturas. El pueblo iba muriéndose poco a poco y enterrando a todos sus habitantes; pero nadie parecía dispuesto a abandonarlo y buscar nuevos horizontes.

Deambuló por la casa y salió al jardín reseco intentando respirar bajo la opresiva bruma, buscando un momento de felicidad como quien busca una luz en la noche, como velero en busca de un faro en plena tormenta. Así dejó transcurrir las horas y se fundió en su rutina diaria.

Cuando a mediodía se acercó a la tienda de papelería para comprar un periódico de la capital, su corazón se aceleró. Temía leer lo que sabía que había sucedido. Y allí estaba, fiel a su costumbre, recordándole que ella tenía un don, aunque no supiera cómo controlarlo ni quisiera reconocer cómo lo había obtenido.


Titular de prensa:

El proceso de paz en Oriente Medio sufre un duro revés. Isaac Rabin, principal promotor de los acuerdos con los palestinos, ha sido asesinado por un extremista judío contrario al proceso de paz.


Los detalles que a continuación se relataban eran lo de menos. En su mente se había dibujado, exactamente, cómo había sucedido todo.

2

La capital



Samuel entró en la redacción, despistado como era habitual en él. Saludaba a diestro y siniestro; pero cualquiera pensaría que no prestaba mucha atención ni a quién le enviaba el saludo ni quién se lo devolvía. Era un joven de pelo encrespado, moreno, musculoso y de mediana estatura. Cuántos le conocían solían comentar que tenía un carácter afable y destacaban en él, sobremanera, los ojos azul intenso que parecían hablar por sí solos.

—¡Hombre, Samuel! ¿Tú por aquí? – Le abordó un directivo rechoncho con cara de luna llena y unos labios gruesos que parecían más propios de otra raza – Te hacía por el Caribe.

—He dejado una parte allí – repuso él – Realmente, sólo puedes ver mi cuerpo a medias; el resto sigue tumbado en una lujuriosa playa.

—¡Qué envidia me das! A ver cuando te casas.

—Entonces dejaría de darte envidia – contestó de buen humor.

Efectivamente, hacía un par de días que había regresado de una escapada a Cancún, donde había preparado un reportaje de viajes, una de sus especialidades. Trabajaba de forma free-lance para varias publicaciones del grupo editor y aunque, en algunas ocasiones, le habían tentado con la fijeza en el puesto, invariablemente, las había rechazado. Apreciaba su libertad y su forma de vida un tanto bohemia hasta el punto de no aceptar razonables, incluso, suculentas ofertas de trabajo.

Además de escribir sus propios textos, como aficionado a la fotografía que era, adjuntaba verdaderas obras de arte en imágenes, complementadas con sutiles y bien trazados dibujos, otra de sus habilidades. El cúmulo de estas destrezas le había valido ser muy apreciado y, normalmente, colocaba con facilidad sus reportajes. Aunque no desechaba enviar algún artículo o fotografías de famosos cuando se tropezaba con ellos en lugares lejanos, prefería dedicarse a las narraciones de viajes, aventuras o crónicas de corte histórico o contemporáneo. Y dado que el grupo editor mantenía un variado espectro de publicaciones, solía ser fiel al mismo, sin necesidad de recurrir a otras editoriales.

Después de atravesar la gran sala donde se ubicaban la mayoría de los atareados empleados, cada uno ocupando su territorio y controlando sus papeles, como aves anidando a sus polluelos, llegó al sancta sanctórum del director, Mauricio Villar, y socio del grupo. Raquel, la secretaria lo esperaba con impaciencia. Estaba divorciada desde hacía mucho tiempo y era vox populi que mantenía relaciones con Mauricio, quién había enviudado hacía ya mucho tiempo. Por alguna misteriosa razón se esforzaban en salvaguardar su relación para el tiempo que disfrutaban fuera del trabajo, no mostrando ninguna notable afinidad en él.

¿Te has perdido por el camino? – Esbozó con falsa ironía, pues apreciaba al joven, como si fuera su hijo.

Hace ya tanto tiempo que no venía por aquí que no encontraba el camino.

Pues acelera que el jefe tiene un idea crudo – y agregó –. No está el horno para bollos. Lleva esperando desde ayer.

Es cosa del jet-lag. Ayer no me tenía en pie.

A ver si será cosa del jet bar.

¡Qué va! Si ahora apenas te regalan nada en el avión. Pronto habrá que trabajar a bordo como complemento del billete.

¡Ya, ya! Bienvenido, de todas formas.

Gracias

Tal como le había anunciado Raquel, el jefe le esperaba en su despacho, tras su ordenada mesa de madera barnizada, en lo que Samuel denominaba la oficina cuadrática, por varias y obvias razones. Tras el sillón de cuero del gestor editorial, la pared apenas mostraba un resquicio entre la inigualable infinidad de títulos, diplomas, reconocimientos o acreditaciones enmarcadas. El muro de la derecha, según se entraba, era un mar de pinturas y grabados que tapizaban hasta el último centímetro cuadrado del mismo. A la izquierda, todo eran fotografías, también perfectamente encuadradas, siguiendo la misma pauta que el resto de paredes. En la última, junto a la puerta descansaba una enorme pizarra blanca que servía, a la vez, de pantalla para proyecciones. Cercana a ella reposaba una mesa de reuniones de corte rectangular, como no podía ser de otra manera.

¡Buenos días, Samuel! – Saludó acompañando la frase con una mirada penetrante – ¿De resaca?

Demasiadas horas de vuelo y muchas horas de marcha… – confesó el joven y agregó para deshacer posibles equívocos – …de marcha por la selva.

Sí, sí ya me lo imagino – y cambió el tono por uno más serio, poco habitual en sus conversaciones casi de padre a hijo – Lo cierto es que hay un asunto que me preocupa y quiero contar contigo.

Samuel notaba que existía un sentimiento recíproco de mutuo respeto y hasta cierta admiración. Cada uno en su posición; pero Samuel valoraba a Mauricio por saber dirigir sin tiranizar, ordenar motivando y requerir sugiriendo. Sin duda, premisas difíciles de cumplir.

Voy a serte sincero e iré al grano. Ya me conoces – le espetó él tras el afable saludo inicial – He recibido un correo realmente extraño. Seguramente, podría decir que no es algo único. Constantemente me entran comunicaciones de lo más variopinto; pero esto se lleva la palma y, lo que es aún peor, intuyo que hay un poso de verdad que me inquieta.

De verdad, si me permites la expresión, que parece que vamos a lanzar una nueva publicación de misterio.

Y no está muy lejos este asunto. Te lo aseguro – reconoció su interlocutor con ciertas muestras de pesadumbre.

Me estás preocupando.

Transcurrieron unos minutos, en los que Mauricio le puso en antecedentes, con una explicación pulida, trabajada, como si la hubiera elaborado, profesionalmente, todo su tiempo disponible, pendiente de su llegada. Fue intenso y aunque siempre mostraba un carácter escéptico con este tipo de confidencias y noticias, ésta parecía haberle conmovido verdaderamente.

¿Conoces a esta gente de algo? – Inquirió el joven reportero, también inquieto tras la breve explicación.

En absoluto. Para mí, todo esto que relata de una manera escueta; pero rigurosa, es una sorpresa. No cabe duda de que puede ser una broma, muy pesada por cierto; pero describe algunos detalles que… – dudó – tienes que haber estado allí o tener un informador de primera mano.

Hay muchos que se atribuyen hechos conocidos y no dejan de ser simple pirados o locos por conseguir algún grado de notoriedad.

Por eso, quisiera encargarte el trabajo; pero, por otra parte, me intranquiliza. No creo que sea una baladronada ¿me entiendes? Y si es verdad, habrá gente muy poderosa comprometida y dispuesta defender el secreto ante cualquier fisgón a cualquier precio.

No soy un suicida. Dame toda la información de que dispongas. Indagaré discretamente y si intuyo cualquier problema, lo dejo ¿De acuerdo? Me imagino que quieres un reportaje en toda regla con opiniones, comentarios y hasta fotografías si fuera posible.

Eso es, más o menos, conseguir la máxima información posible. Por otra parte, no quiero que te arriesgues ¿de acuerdo?. Un fallo y tu vida podría estar en juego…

3

La decisión



Aquel hecho marcó indeleblemente una decisión. No era mujer que se precipitara ni tomara nuevas sendas con facilidad; pero ver la cruda noticia reflejada por escrito, como una confirmación de lo que no era la primera que sucedía, le provocó un sentimiento inesperado, como si se hubiera desatado una tormenta tropical en medio del Atlántico: en la que una simple depresión atmosférica acaba por convertirse en una de las más poderosas y destructoras armas de la naturaleza.

Ella percibía algo que, quizás, nadie más supiera y, en verdad, su don se estaba desaprovechando. Además, cuanto más tiempo pasaba, más convencida estaba de que aquel “algo” se puso en marcha un extraño día, un solsticio de invierno, preñado de mal tiempo y nieve, de noticias tristes y amargos atardeceres.

¡Estás loca! – Exclamó la directora ¿Cómo se te ocurre dejar el puesto en mitad de curso. Espera a las vacaciones de verano como todo el mundo ¿Sabes lo difícil que será cubrir tu vacante? Y el curso que viene ¿te esperamos? No te entiendo.

Durante unos interminables minutos, la vieja urraca, como se la conocía, no paró de criticar su desacierto, de zaherirla para que cambiara de parecer. Pero no fue posible, ella había puesto en marcha un mecanismo interior, una poderosa fuerza, casi desconocida, que la empujaba a hacer lo nunca se creía poder haber hecho.

No sé que pensaría tu familia, si la tuvieras. ¡Es una barbaridad!

La inclemente perorata proseguía, más su mente apenas si la percibía, pues estaba a muchos kilómetros de allí.

¡Verá! – Repuso al fin. Posiblemente, esté tomando una decisión errónea; pero tengo un asunto urgente que resolver.

¿No estarás embarazada? – Le espetó desvergonzadamente la bruja – Por que si es así, esto será un escándalo.

Ella sonrió, con esa seguridad que da el poder ser ajeno al manipulador, estar un paso por delante de quién se sabe sólo desea hacer su voluntad, sin importarle los sentimientos de los demás. Aquella mujer era vieja y malévola. Olía a cuero podrido y acartonado, a falta de higiene y mala leche; pero ella mantuvo la calma, una intensa tranquilidad que aún exasperaba más a la otra.

Por supuesto, que no estoy embarazada; pero hay un problema familiar del que no siquiera hablar demasiado hasta que averigüe cuán real es, en la capital.

Mintió para no tener que seguir justificándose, para no dejar habladurías tras de sí, aunque cada minuto que pasaba, parecía importarle todo mucho menos. Se sentía inmune al que dirán o al posible ridículo. Era como si hubiera desarrollado un escudo o una defensa que la hacía inmune a aquella podredumbre que la había rodeado toda su vida.

Aquello no es un ambiente propicio para una muchacha de pueblo. Es la perdición. Aquí te queremos. Tú lo sabes. Ahora bien, aunque pidas la excedencia, no sé si podré guardarte tu plaza – la vieja siguió presionando, fiel a esa carroñera costumbre de zarandear al moribundo hasta arrancarle el último hálito de vida.

Tania aguantó el envite. Parecía observarlo todo desde las alturas, con una suficiencia ajena a su consuetudinario estado de ánimo. Sentía renovadas energías fluir desde su interior. ¡Quién lo hubiera dicho de la apocada!

Por eso la vieja bruja estaba descompuesta. Aquella mujer que tenía enfrente poco o nada tenía que ver con la doncella tímida y callada a la que dominaba sin piedad, en cuánto tenía ocasión para ello. Aún en un mundo reducido y anacrónico, ella quería manipular, domeñar a sus profesoras, a los niños y los padres de estos. Su vida no tenía otro sentido. Ya no le quedaba nada ni nadie si es que alguna vez lo tuvo en realidad.

¡Al final – prosiguió en un postrer intento te arrepentirás! La vida en la capital es muy dura. Nadie te protegerá. Tú sabes que eres débil. Te gastarás rápidamente lo poco que hayas ahorrado o lo que te dejaron tus padres y volverás con las manos vacías y el corazón hundido dijo asestando otro hachazo verbal y augurando con malicia.

Hubiera querido contestarle que daba igual, que aquello como estar muerta en vida, que a su vera todo se pudría y envejecía prematuramente. Hubiera podido decirle que el pueblo agonizaba bajo la tutela agria y carroñera de gentes como ella a los que se les había pasado la vida inmersos en un mar de brumas y odios. Pero aún no se sentía con fuerzas, esperaba acumular más energía y no quería ahogarse en el intento.

Estimo sus consejos – repuso con sarcasmo – pero es un asunto sumamente importante. Es posible que esté pronto de vuelta; pero como desconozco el cariz que pueda tomar esta situación; prefiero tomarme unos meses. Luego ya veremos.

Eres una desagradecida – expuso la vieja cambiando de argumentos – yo me he preocupado personalmente de ti y de potenciar tu carrera. No sé que habrías hecho sin mí, posiblemente, acabar siendo la vergüenza de la familia y negro baldón para este pueblo.

Esta vez ni contestó. Se limitó a asentir y a apretar los labios; pero su sangre hervía ante aquella arpía que no sabía qué hacer para ofenderla. Para evitar seguir una charla que no provocaba en ella más que sensaciones negativas, se levantó y le tendió la mano a modo de despedida. La directora aceptó demostrando un malestar evidente, pues hubiera querido seguir desfogándose con la mosquita muerta – como le gustaba definirla ante sus compañeras de jauría – pero nada parecía hacer mella en la maestra.

Se dieron la mano de manera forzada. La arcaica bruja le ofreció su mano húmeda, enclenque y ganchuda. Casi de repente, Tania, al notar aquel tacto desagradable percibió una violenta sensación, como una descarga eléctrica que penetrara en su cuerpo desde la mano al cerebro. Por un instante su mente se perdió en una imagen cerebral que captó toda su atención e impregnó todo su horizonte intelectual. Apenas si se dio cuenta de que seguía unida por la mano untuosa y fría.

La vieja entendió aquel titubeo como una incertidumbre, como si la joven fuera a dar un paso marcha atrás en su absurda decisión; pero no era así. Y tuvo la certeza cuando los ojos de la profesora le penetraron como si fuera una figura de papel apergaminado.

No hubo nada más. Nadie que hubiera observado la escena, después de quince años compartiendo muchas horas en la escuela, se habría imaginado un acto tan frío y desprovisto del más mínimo cariño. La directora tenía el corazón de mármol, frío y duro. Para ella, las personas que la rodeaban no eran sino meras marionetas a las que mover a su antojo. Nunca llegó a querer a nadie ni tan siquiera a sí misma.

Tania ya se había despedido de sus compañeras, aquellas a las que apreciaba un poco más, aunque debía reconocer que no dejaba nada de valor tras de sí. Mientras se dirigía a portón prehistórico que separaba la institución de un raquítico jardín y de las empedradas calles de la población, volvió a tener la visión que la había paralizado, segundos antes. En ella, el rostro de la vieja señora era un amasijo sanguinolento de carne y huesos. Su cuerpo, ya sin vida, parecía flotar en un charco de sangre oscura y sucia; mientras una fugaz sombra huía del lugar blasfemando y vomitando, de forma estentórea, una tenebrosa carcajada.

4

El mensaje



Samuel salió del despacho, tras tomar en sus manos el misterioso correo recibido por Mauricio y despedirse de él, con una ternura y ánimos impropios de su relación profesional. Estaba ansioso por leer, con detenimiento, aquello que le había anunciado; pues en su espíritu reinaba, una insondable avidez por lo oculto y lo secreto, aún cuando, en palabras de su director, pudiera suponer un peligro.

—¿Qué tal con el jefe? – Le susurró Raquel.

—¡Muy rápido! Como ya habrás visto. Este hombre gestiona bien su tiempo – bromeó un tanto despistado, por tener parte de su cerebro en un estado apasionado, previo a una investigación.

—El tiempo es oro, se dice – Comentó ella y se brindó acto seguido – ¿Algo en lo que te pueda ayudar?

—¡Ya que te insinúas!. Siempre me he preguntado de qué color son las paredes del despacho del jefe. ¿tú lo sabes?

—Espero que puedas mantener tu buen humor, después de lo que te espera – apostrofó, guiñándole un ojo de complicidad.

Volvió a atravesar la gran sala, despidiéndose velozmente y se encontró en la calle sosteniendo el enigmático sobre, dispuesto a absorberlo en el primer banco callejero que encontrara libre. Encontró uno en un parquecillo cercano, bajo un pino piñonero, que combatía la contaminación, con sus ramas altaneras. Abrió el sobre y empezó a leer.


A quien pueda interesar:

El mundo, tal como lo conocemos, se está resquebrajando. Los cimientos sociales se van hundiendo, paulatinamente, en un cieno del que ya no podrán salir. Y todo esto no tiene un origen cercano en el tiempo ni se puede achacar a las últimas generaciones. Todo lo que está sucediendo procede de la época primigenia, aquella de la que no quedan registros escritos, aquella que algunos pueblos rememoran por tradición oral; pero que la memoria humana común ha olvidado.

Hace muchos, muchos siglos, las fuerzas del bien se enfrentaron a las del mal, en una lucha interminable que, aún hoy, continúa. La Tierra no es sino un campo experimental sobre el que batallan fuerzas desconocidas para los humanos; pero de las que se desprenden consecuencias y leyes físicas inciertas, aún hoy casi ocultas, que causarían pavor a los científicos, si llegaran a intuirlas.

La lucha entre el bien y el mal está alcanzado su punto álgido y si nadie lo impide, provocará el mayor cataclismo de la Historia y, con él, el fin de la Humanidad. Posiblemente, no pueda comunicarme muchas más veces, pues el mal tiene ojos y oídos por todos los rincones, intuye hechos, previene acciones y no dudará en acabar conmigo, como cuando uno aplasta una hormiga contra el asfalto.

Por eso es preciso, tomar una iniciativa que quiebre el poder del mal antes de que sea demasiado tarde. Alguien que no sea presa fácil ni susceptible de las manipulaciones que atenazan al común de los mortales debe ser el nuevo guía, aquel que abanderará la revolución que otorgará la predominancia al bien y quebrantará el, hasta ahora, invencible camino del mal, devolviendo el equilibrio original.

Para quien pueda dudar de estos comentarios, debo afirmar que el mal, en sentido puro y lato, existe. Existe un mal profundo radicado en la misma piel del mundo, cuya ley es la destrucción, cuyo lema es derrotar al bien, porque el mismo universo se compone y se forma constantemente a través del enfrentamiento de las dos fuerzas primigenias. Hasta ahora, dicha pugna generaba un equilibrio, como ya he comentado; pero en los últimos años la efímera separación de ambos poderes, se ha ido desplazando, otorgando la ventaja a las fuerzas del mal.

Entiendo que, hoy en día, hablar de estos asuntos puede parecer anacrónico y fuera de contexto; pero, los próximos sucesos que se avecinan demostrarán palpablemente que el Hombre no es sino una marioneta en manos de las Fuerzas y eso le puede costar muy caro. Todo esto no es sino un pequeño adelanto de la información que iremos transmitiendo a ese guía para que lleve a cabo su misión…


El texto era, en su primera parte, muy tremendista; pero, de alguna manera, muchos de sus asertos, opiniones y comentarios pululaban desde hacía bastante tiempo y de forma constante por la red o en la misma prensa. Le resultaba extraño el porqué, Mauricio se lo había tomado tan a pecho y le había dado tanta importancia. ¿Por qué le daba a entender, con cierta urgencia y alarma, que podría estar en juego su propia vida?

Tal vez, su vida aventurera le llevara a aceptar de manera relativa aquellos comentarios. Desde luego, se podían extraer interesantes consecuencias; pero, ¿revestían tal gravedad cómo parecía haberle inculcado Mauricio? También podría ser una chorrada de una mente enfermiza. ¿Acaso no estaban siempre el bien y el mal enzarzados en su peculiar batalla? Realmente ¿Se podría decir que hay alguien que asuma el papel absoluto del mal o del bien? ¿Acaso todos los seres humanos no son sino una suma de buenas y malas acciones y pensamientos?

Un par de niños pasaron como centellas por delante del banco, de tal suerte que los folios volaron desordenados como si huyeran de su nuevo poseedor. Samuel los atrapó antes de que una fuerte ráfaga de viento se hiciera con ello. De momento, no tenía muy claro qué hacer ni qué sentido tenía el trabajo que le habían encargado. ¿A quién debía encontrar? ¿Quién podría ser ese guía? ¿A quienes se refería el informante para definir a los representantes del bien o del mal?

Era realmente arcaico y apenas manejaba información concreta. ¿Cómo pretendía Mauricio que realizara una investigación en condiciones con aquellas simples frases sin apenas contenido. Decidió seguir leyendo, al menos, para valorar el escrito en su conjunto y luego ya vería por dónde empezar y qué hacer…


Nosotros (dejémoslo, de momento, en esa denominación) estaremos pendientes de la evolución de ese guía y lo tutelaremos en la medida de lo posible, siguiendo las pautas que nos son permitidas. Cualquier otro intento podría acelerar la destrucción y evitar cuanto estamos intentando promover.


Siguió leyendo sin parar y en su rostro se dibujaron la incredulidad y la sorpresa. Aún interponiendo un expresión condicional a lo que explicaba aquel enigmático legajo, resultaba demoledor. Si aquello era verdad ¿cómo no se había sabido nada hasta ahora? ¿qué sentido tenía – como postulaba la misiva – que se rompiera el equilibrio existente? ¿por qué en aquellos momentos? ¿acaso serviría, para algo, la acción del supuesto bien, encarnada por unos desconocidos?

Estas y otras preguntas bombardeaban la cabeza de alguien que, hasta ahora, se declaraba escéptico, pragmático y ecléctico. Samuel nunca se hubiera imaginado un mundo como el que bosquejaba el anónimo informador. Un mundo de dos fuerzas enfrentadas, un mundo a punto de desaparecer…

5

El viaje



Tomó un tren de largo recorrido, que atravesaría la distancia que le separaba de la capital, durante toda la noche. Prefería intentar dormir, antes que viajar de día, y deambular por los vagones haciendo cábalas o estrujando su mente sobre los pasos que estaba dando, al borde de un precipicio, y planeando aquello que era incapaz de abordar de ninguna manera. Siempre le había aterrorizado todo lo atinente a viajar. De hecho, desde que obtuviera su título profesional, no se había alejado de su pueblo ni diez kilómetros y sólo visitando ocasionalmente el domicilio de algún alumno o el de una compañera.

Cada metro que se distanciaba de su hábitat natural le pesaba como una losa. Sentía un agobio que la inmovilizaba y le impedía, incluso, pensar. Era como una invalidez, una especie de fobia, que le inoculaba el terror por lo desconocido, por el camino, por las gentes que pudiera encontrarse, allí, lejos de su entorno.

Sin embargo, los últimos acontecimientos y, más posiblemente, el cúmulo de pesadillas que afloraban en sus interminables noches, la habían forzado a vencer sus temores. Parecía que no había marcha atrás, aunque no las tenía todas consigo y en más de una ocasión dudó entre seguir camino a bordo o bajar en una estación y tomar billete de retorno.

En la capital, cuando estudiaba, acudió a un médico y éste le había diagnosticado una especie de ensalada de fobias. En síntesis – le comentó – no se podía limitar a una sola de ellas. Por una parte, sentía una enorme ansiedad cuando se aventuraba fuera de su zona natural. Por otro lado, introducirse en vehículos, ascensores o cualesquiera habitáculos reducidos provocaba, en ella, un grave estrés. Así mismo, las multitudes o lo desconocido aceleraban su corazón y su zozobra hasta límites insospechados.

Como, además, procuraba ocultar sus sensaciones al mundo, incurría en un cúmulo de tensiones añadidas e insostenibles que, de cuando en cuando, la hacían estallar en sollozos y le generaban un aislamiento enfermizo, agregado a un temor irracional a la hora de relacionarse con los demás. Era como un círculo vicioso en el que su solución pasaba por mantener relaciones humanas; pero sus propias fobias se lo impedían.

Cuando consiguió la plaza en el instituto del pueblo pensó que, poco a poco, podría ir superando sus temores; pero, al revés, se percató que se iba sumergiendo, aún más, en el pozo de sus temores y, sin ayuda, no veía escapatoria posible. De hecho, el médico que la había atendido le indicó que la única solución era una terapia mixta utilizando sesiones personales y medicamentos. Y le advirtió que como no tomara las riendas su vida se convertiría en una pesadilla, comprimida y reducida a un espacio mínimo y decreciente.

Le aconsejó que se lo tomara muy en serio, pues había conocido a otra mujer, aquejada de un cuadro clínico similar, que había acabado postrada en una silla de ruedas y encerrada en una pequeña casa, sin voluntad para salir ni un día ni por un momento, como si aceptara su voluntaria prisión como la mejor solución para una vida atenazada por una mente vigorosamente enfermiza.

Nunca había volado ni viajado en barco; pero sentía que era casi imposible, como una barrera imposible de superar, sí ya era una debacle el tomar un ferrocarril o un autobús. El colegiado le había indicado, claramente, que todo estaba en su mente y, como si le insinuara una vía de solución, le comentó: “Estudie su pasado. Algo en su infancia le ha provocado esta situación y hasta que no bucee en su mente, no hallara descanso. De todas formas, si actuamos con medicamentos combinados con sesiones de terapia individual, tal vez, podamos adelantar algo”.

No regresó a la consulta ni buscó otro especialista, como si también hubiera adquirido una nueva fobia o, quizás, sus mismos temores, dotados de una personalidad independiente, le presionaran para no buscar una solución. Y ahora se había decidido y todo su cuerpo temblaba de miedo. ¿Por qué algo tan sencillo cómo someterse a la disciplina de un transporte le causaba tantos trastornos? Antes de acostarse, se acercó al vagón restaurante y pidió un agua mineral.

—¿Viaja sola, joven? – Le preguntó una anciana menuda y arrugada de edad indefinida.

—Sí – repuso ella suspicaz.

—Si quiere podemos charlar un rato – se ofreció la mujer – A mí me aburren los viajes en solitario. Creo que es una linda ocasión para conocer gente y aprender. ¿Le gusta ver nuevos lugares?

—Sí – mintió – por supuesto. ¿A quién no?

—Sí, es verdad. Todo el mundo diría que sí, aunque no fuera así.

Tania notó como si sus ojos oscuros y vivaces, impropios de aquel cuerpo, le taladrasen de una sola mirada. Se debatió entre la comodidad de la soledad de su litera y la charla amena de la experiencia.

—No se vaya a ofender – le insistió la mujer – pero se le ve muy nerviosa. No parece que esté disfrutando mucho del trayecto, tal vez, le esperan malas noticias en su destino ¿verdad?

—No, no es eso. Es que estoy muy cansada y… – dudó – no tengo muy claro a lo que voy.

—Intuyo, y soy medio bruja, que necesita un poco de ayuda. Parece usted una jovencita en su primer escapada de casa. De todas formas, vaya a descansar. Si no consigue conciliar el sueño, yo estaré por aquí. Un poquito de cháchara no le hace mal a nadie.

Tania pensaba que los seres humanos son como iceberg o pedazos de hielo flotando sobre las aguas del océano, pues llevan mucho más sumergido que a la vista. Sin embargo, así como, esas inmensas islas de hielo navegan hacia las zonas más cálidas del sur y se funden, entregando su masa acuífera al mar, las personas pueden hacer lo mismo, en el seno de la sociedad. Pero a ella le costaba una infinidad superar el reto tanto de abrirse a una extraña como el del propio viaje.

Se despidieron y ella buscó la soledad, aún temerosa e insegura de sus reacciones. Se aseó, bebió un sorbo de agua y se acostó sobre la colcha. No le apetecía el contacto con las sábanas ni simular que se hallaba en su lecho protector. Pensó en la casualidad de haber encontrado a aquella mujer dispuesta a echarle una mano, como si hubiera captado sus problemas, sus incertidumbres. Aquello la reconfortó por unos momentos.

Aunque no pensaba demasiado en ello, Tania no creía en las coincidencias ni en las casualidades. Había llegado a pensar que todo seguía un curso de predestinación que hacía inútil cualquier intento de salirse del camino. Uno sufría su propio sino. Tampoco es que tuviera un convicción firme sobre el asunto. De hecho, tras el encuentro con su primera visión y las posteriores captaciones de sucesos que iban a ocurrir, empezó a elaborar una nueva teoría o, quizás, un cúmulo de ellas.

Por una parte, los acontecimientos anticipados por su mente, revelados de alguna forma incomprensible, parecían indicarle que todo estaba escrito y cada uno seguía la senda que le llevaría a recorrer los hechos prescritos y programados. Sin embargo, como no se resignaba a la pérdida de su libre albedrío, aunque fuera sólo por tener un argumento que le ayudara a eludir su voluntaria situación de prisionera, pensaba que, dentro de esa predestinación o camino, existía una cierta amplitud de movimientos.

La mejor imagen que había encontrado para razonar sobre ello, era la de un río de ancho cauce por cuyas aguas navegaban numerosas embarcaciones. La corriente de agua recorre, sin duda, un cuenca de la que no puede evadirse; pero de margen a margen, hay suficiente recorrido como para elegir un tipo de navegación, sea costera o por los veriles, siguiendo los rápidos o buscando el agua remansada.

Según ella, todo dependía de la actitud con que uno abordara el día a día en su vida. Siendo pasiva, como se veía a sí misma, uno debía aceptar lo que le llegara, tal cual; mientras que los activos, aquellos que buscaban alternativas, dentro del cauce, podían cambiar, mejorar o empeorar la navegación. Sólo la exactitud y viveza de los actos, que intuía, estaban echando por tierra algunos de sus pensamientos. De facto, le daba miedo colegir hasta qué punto no existía el libre albedrío.

Después de un rato de agitados pensamientos, sumados a su propia intranquilidad, le venció la tensión y cayó en un sueño profundo; pero inquietante.

Por un momento, soñó que era un águila volando sobre una ciudad desconocida, en pleno ajetreo, con sus gentes deambulando por las calles y los vehículos atravesándola raudos en pos de su propio destino. El sentido la guiaba ineludiblemente a un lugar. Se daba cuenta que no era dueña de sus actos y, por tanto, su vuelo, aunque firme y desenvuelto, la hacía recorrer un eje de la ciudad sobre innumerables bloques de viviendas.

La gente no prestaba atención a sus movimientos como si fuera un ser invisible que planeara cerca del suelo, con una misión, en el más completo de los secretos. Había realizado un picado, tan solo unos segundos antes, y aquello que parecían hormigas a paso ligero, afanadas en aportar un miga de pan a su hormiguero, se fueron transformando en seres humanos esforzados por llegar a algún sitio, ajenos a su potente mirada.

De repente, esa instrucción instintiva que la guiaba en pleno vuelo la obligó a planear en círculos sobre un lugar habitado. Aún no sabía qué estaba haciendo allí y se dedicó a observar, mientras aleteaba débilmente para mantener su posición. Unas decenas de metros más abajo, unas niñas salieron de un automóvil y se dirigieron hacia las verjas de una escuela, dispuestas a empezar un nuevo día.

Entonces sintió la necesidad de seguir al vehículo, dejando a un lado el bullicio del patio. Un hombre, posiblemente, el padre de una de las niñas, conducía alejándose del lugar; mientras ella revoloteaba sobre él. De repente, una violenta explosión despanzurró la máquina elevando un espantoso sonido de destrucción y muerte hacia donde estaba ella. El aire se había envenenado y olía a muerte y odio, a miedo y desesperación.

Por algún extraño motivo, supo que aquel hombre, ensangrentado, herido e inconsciente, no había muerto; pero su vida no sería la misma. Ni la de su familia.

Se despertó agitada. El corazón le latía a una velocidad inverosímil y sudaba copiosamente, a pesar de que la temperatura del compartimiento era más bien fresca. Lo recordaba todo con crudeza, demasiado vívido y duro para olvidarlo. Y temió por lo que iba a suceder una vez más.

6

El enigma eterno



Una brisa helada penetró por la ventana de su apartamento. Estornudó violentamente como si el mínimo contacto de aquella masa invernal, adelantada a su tiempo habitual, le hubiera obligado a reconocerla. Aún estaba oscuro y calculó que le restaba algo de tiempo para permanecer en la cama. Sin embargo, en lugar de arrebujarse y disfrutar de los minutos que le restaran para que el despertador le recordara sus deberes, prefirió levantarse y tomarse con toda tranquilidad aquellas horas de madrugadores e insomnes.

No podía olvidarse de cuanto había leído. De hecho, le resultaba imposible contabilizar las veces que lo había hecho, buscando algún error, buscando la raíz del secreto. Antes de dormirse pensó, durante un buen rato, que todo aquello podía ser simplemente una broma o la descripción inventada de una mente calenturienta, quizás, de un escritorzuelo de cómic o un novelista de ciencia ficción. Tal vez buscara publicidad gratuita para su próxima novela. ¿Acaso Orson Welles no había logrado sumir en la histeria a toda una población con un juego periodístico, basado en la guerra de los mundos de Wells?

Consultó en su pequeña biblioteca el texto del escritor y, luego en la red, la forma y los efectos causados por el brillante cineasta; así como, las primeras líneas de la obra que le había servido de base para su argumentación radiofónica.


Nadie hubiera creído, en los últimos años del siglo XIX, que a nuestro mundo lo observaban minuciosamente inteligencias mayores que las del hombre, aunque mortales como él; que, mientras los hombres se ocupaban de sus diversos asuntos, alguien los vigilaba y los estudiaba, quizá tan detalladamente como un hombre con un microscopio podría vigilar a las pequeñas criaturas que medran y proliferan en una gota de agua. Con infinita complacencia, los hombres fueron de un lado a otro por el planeta ocupándose de sus pequeños asuntos, seguros de su dominio sobre la materia. Tal vez los microbios que vemos al microscopio hacen lo mismo. Nadie pensó que los mundos más antiguos del espacio pudieran ser fuente de peligro para la humanidad. Sólo pensamos en ellos para desechar la idea de que pudieran albergar vida. Es extraño recordar los hábitos mentales de aquellos días. Cuando mucho, los hombres se imaginaban que en Marte vivían otros hombres, quizá inferiores a ellos y dispuestos a recibir emisarios terrestres. Pero a través de las enormes distancias espaciales, unas mentes que son a las nuestras como las nuestras a las de las bestias, unos intelectos vastos, fríos y crueles, miraban a la Tierra con envidia, y, lenta pero inexorablemente, fraguaron planes contra nosotros. Entonces, a principios del siglo XX, se produjo la gran revelación”. – H.G. Wells. La guerra de los mundos –.


Sí, realmente, aquel pensamiento le ánimo las últimas horas del día. ¿Por qué no podía ser simplemente un argumento comercial o llamativo con algún fin meramente humano o especulativo?. Lo cierto es que la mañana había borrado cualquier atisbo de alternativa, cualquier resquicio posible. En su mente se habían fraguado, casi como con el cemento que anega una superficie, las ideas funestas que pormenorizaba el escrito.

Aunque aún albergaba la esperanza de que Mauricio le llamara y le dijera que todo había sido una broma, algo en su interior, instalado en hueco recóndito, le insuflaba la sensación de que lo real y verdadero era aquello que parecía una fantasía. ¿Por qué? ¿Por qué aquellas sentencias, redactas por un o unos desconocidos habían calado tan hondo en propia mente? ¿Qué fuerza tenían para penetrar y quedarse instaladas permanentemente? ¿No sería acaso que su propio ser, ese subconsciente desconocido y todopoderoso, había captado la revelación, el verdadero conocimiento oculto?

Desde luego, podía actuar en los dos sentidos, bien desechando los postulados y los avisos del escrito, bien tomándoselos completamente en serio. Estuvo tentando cien veces para llamar a Mauricio y encararse con él; pero intuyó que no le serviría de nada. Él había sido el receptor inocente de una escabrosa revelación. Ese testimonio – volvió a analizar con la mayor frialdad de que fue capaz – pasaba revista a un hecho histórico desconocido o no divulgado, al hecho del enfrentamiento tangible y constante del bien y del mal. Después anunciaba o presagiaba un victoria del mal, casi definitiva, a menos que se tomara algún tipo de medida y se propiciara la solución. Así mismo, instaba a la búsqueda de un guía y dejaba patente, con el nosotros, que había un grupo de seres implicados. Y eso era lo más extraño de la primera parte. ¿Quiénes eran ellos?

La segunda parte era espeluznante en sí. Si todo aquello que proponía el anónimo informador era verdad ¿Qué podía esperar la Humanidad? ¿A qué había estado jugando durante tantos siglos, ignorante de la verdadera realidad? Ciertamente, aquello se orientaba a discernir, de un plumazo, las sempiternas preguntas de dónde venimos y hacia dónde vamos. ¿Sería acaso la pista que faltaba para resolver el eterno enigma?

Siempre le había parecido que la idea de la luz, como representación del bien frente a la oscuridad o supuesta encarnación del mal, era muy interesante, pues había sido adobada por numerosos estudiosos; sin embargo, en la segunda parte del escrito se mostraba una cruel explicación que confundiría a los espíritus más preclaros. ¿A qué se referiría el escritor con lo de la luz cegadora?

Tal y como lo veía él, las explicaciones manifestadas en el escrito podrían desquiciar a media Humanidad, siempre y cuando, la gente quisiera creerse lo expuesto. También podría darse el caso de que nadie aceptara la tesis y se tomara como otra de tantas elucubraciones de falsos profetas o inventores de lo absurdo. En aquellos momentos recordó el pasaje bíblico sobre el rico Epulón:


Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino y celebraba cada día espléndidos banquetes. Un pobre, de nombre Lázaro, estaba echado en su portal, cubierto de úlceras, y deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico, pero nadie le daba algo; los perros venían a lamerle las úlceras. Sucedió, pues que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue sepultado en el infierno. En medio de los tormentos, levantó los ojos y vio a Abraham desde lejos y a Lázaro en su seno, y gritando dijo: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que, con la punta del dedo mojado en agua, refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas.» Dijo Abraham: «Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes en vida y Lázaro recibió males, y ahora él es aquí consolado y tú eres atormentado. Además, entre nosotros y vosotros hay un abismo insondable, de manera que los que quieran atravesar de aquí a vosotros no pueden, ni tampoco pasar de ahí a nosotros.» Y dijo: «Te ruego que, siquiera, le envíes a casa de mi padre porque tengo cinco hermanos, para que les advierta a fin de que no vengan también ellos a este lugar de tormento.» Y dijo Abraham: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.» El dijo: «No, padre Abraham; pero si alguno de los muertos fuesen a ellos, harían penitencia.» Y Abraham le contestó: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se dejarán persuadir si un muerto resucita.»


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