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Excerpt for Los buenos hijos by , available in its entirety at Smashwords

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Desamartillé mi pistola, y de camino hasta el punto donde ya debía estar limpio, conseguí, en un incomprensible ejercicio donde se aliaron la coordinación y la suerte, retirar el cargador y encestar en una papelera que me quedaba a unos metros a la derecha detrás de mí, la bala que quedaba en la recámara del arma cuando, levantándola por encima de mi cabeza, tiré fuerte de la corredera hacia atrás y, al segundo, sonó el choque sordo del metal contra el plástico inyectado gris oscuro de aquel pequeño contenedor de inmundicia. Canasta de tres.


La noche da vida a criaturas fantásticas: hombres lobo, vampiros y gente como yo. Pero tengo noticias para vosotros, buenas o malas, según como lo veáis: los hombres lobo y los vampiros no existen. La gente como yo, sí, así que, no hace falta que busquéis, en alguna gran superficie dedicada a la jardinería, un maravilloso pack de estacas de madera afiladas, después de haber comprado, en una pseudoverdulería paquistaní, una malla de ristras de ajo, porque no sabéis lo que cuesta clavarle un chuzo afilado de madera a alguien en el pecho; y, desde luego, antes de moveros por los bajos fondos para intentar conseguir balas de plata, por favor, comprad antes la “cacharra”, porque quizá el calibre no coincida y la caguéis. Pero, sobre todo, no creáis nunca ni en hombres lobo ni en vampiros; ellos no existen, yo, sí.


LOS BUENOS HIJOS


No tengo constancia de que alguien hubiera conseguido alguna vez una canasta de tres como la que yo conseguí aquel día, ni Gasol, ni siquiera yo, al menos en lo personal, pero cuando vi desaparecer la última bala que iba a ver en mi vida, en aquella avenida desierta sembrada de papeleras llenas de mierdas de perro, papelinas vacías y preservativos usados, unos llenos y otros no, colgados a modo de trofeos, pensados para escandalizar a las mamás que llevarían a sus hijos el día siguiente al colegio, me sentí mejor, mucho mejor.


Después de haberme arruinado pagando una hipoteca, avalada por mi hermano por un, como luego se demostró, absurdo sentido del honor, y manutenciones y gastos extraordinarios que no debería haber pagado, por no vender la casa donde vivían mis hijos y tomar mi mitad ganancial, tuve que encontrar dinero rápido para mantener aquella locura, que solo era agradecida con reproches.


No soy especial, les pasa a muchos divorciados. Pero la única forma que yo conocía para conseguir dinero rápido, más allá de esperar todos los días a que me tocara el euro millón, era volver al barrio y meterme, otra vez, dentro de sus oscuros manejos.


Yo tenía todo lo que el barrio necesitaba: mala uva, entrenamiento, necesidad de dinero y determinación, y no fue difícil pedir un par de favores y empezar desde “arriba”, siendo el tío que le daba a alguien la “buena noticia” de que: le habían perdonado una deuda.


Pero el día de la bala en la basura me harté. Las noches dormidas de tirón, valen cien veces más que cualquier coche de lujo y, desde luego, mil veces más que esforzarte pagando cosas que no tienes por qué pagar, para que después nadie te correspondiera ni siquiera con un sencillo y sincero “gracias”. Lo dejé y ya está.


Mi primer gran propósito para el día después, fue quedar a tomar una cerveza con mi hijo pequeño, el mayor, a pesar de todas mis disculpas, nunca me perdonó. Aquel primer día, vino un poco nervioso y, cuando me miraba, yo no notaba que me reconociera; era normal, yo había vuelto de una guerra no declarada, y él nunca había estado en una, pero nos sentamos en una mesa de bar y pedimos dos cervezas, y yo rompí el hielo


—Quiero pedirte disculpas otra vez.


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